Cuatro señoritas se apuntaron a nuestras habituales fiestas culinarias. Para la cita vinieron con pan casero, ensalada y vino. Tan solo les tapaba un guiso de cebolla y champiñones. Y así se pusieron sobre la mesa, en hilera, cual vedettes, a bailar el charlestón. Pero mientras desfilaban garganta abajo fuimos siendo conscientes de que a pesar de su forma simpática y alegre, no debían llevar una vida muy sana allá en el burdel-granja del que venían. Pequé al sacar a una a bailar cogiéndole de las patitas, me mofé un poco de su cuerpecito... entonces el mocín, conmovido por la escena, me sermoneó y me concienció sobre el respeto a la vida animal. Terminamos bendiciendo la mesa y dándoles gracias a las perdices por la vida perra que habían llevado hasta terminar en la carnicería del masymas al económico precio de 1,40 euros. Si todavía hubieran caído al vuelo, sabríamos que nos estábamos comiendo animales voladores, aves viajantes que habían conocido mundo... Así que desde este pequeño rincón de internet, que esta oda a la libertad de la perdiz sirva para remover conciencias!
jueves, 15 de abril de 2010
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